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Puntería y corsés

18/08/2015

Antes los carretes de fotos eran preciosos como tambores de revólver y había que apuntar igual de bien antes de disparar, fuesen fotos o balas. Doce, veinticuatro o quizá treinta y seis eran los cartuchos que podía gastar quien aspiraba a atrapar la luz de un momento irrepetible, y la economía de recursos parecía pedir a gritos talento.

El tiempo multiplicó hasta el infinito las balas de los fotógrafos y ahora no hace falta pensárselo para apretar el gatillo: se dispara a todo lo que se mueve. Quien tenga buena puntería seguirá sacando grandes fotos, pero ¿cuántos de los que, como yo, acumulan cientos en su tarjeta de memoria o en su móvil, salvarían doce para revelarlas en papel? ¿Quién tiene doce tan buenas como las buenas que antes llenaban un carrete?

Y quien dice fotos dice cualquier otra creación, como tan bien explica T.S. Eliot, citado por Robert McKee en El guión:

La imaginación, cuando se ve forzada a trabajar dentro de un marco estricto, debe realizar el mayor de los esfuerzos, lo que le llevará a producir sus mejores ideas. Cuando se le ofrece libertad total, probablemente su trabajo resulte deslavazado.

T. S. Eliot lo dijo en 40 palabras. Yo lo he intentado con 157. Ejemmm…

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Auden y el arte de seducir

23/04/2015

Cada vez me cuesta más comprar libros. Libros y todo, pero sobre todo libros. Tengo más libros que tiempo y lo que quiero es leerlos, no buscarles compañeros. Por eso al coger hoy El arte de leer de W.H. Auden estuve casi segura de que no lo compraría. Leí la contraportada, que me pareció tremendamente interesante, sobre todo por el humor y la actitud iconoclasta que auguraba, pero aun así seguí resistiéndome, manoseando el ejemplar mientras seguía a medias la conversación de dos mujeres que hablaban sobre la versión oficial sobre la muerte de Lorca difundida hoy por una emisora de radio. Me estaba yendo ya de Auden, quería dejarlo y seguir curioseando hasta llegar a la puerta para huir con la cartera intacta, cuando el azar me llevó a una página donde cuatro líneas me hicieron reír, a mí que río poco, y me amarraron al libro que ahora descansa a mi zurda sobre el escritorio:

La mitad de la literatura que se ha producido en Occidente a lo largo de los últimos cuatrocientos años, lo mismo culta que popular, ha tenido su origen en la falsa asunción de que una experiencia excepcional ha de ser, por fuerza, también universal. Así, muchos millones de personas han estado absolutamente convencidas de haberse “enamorado” cuando su experiencia hubiera podido describirse con más tino echando mano de esa palabra brutal que empieza con f y termina en ollar.

Patio de luces

17/07/2014

He vuelto a la comida barata, a la del súper, y Roque no para de cagar en todo el día. Acaba de hacerlo otra vez, en abundancia, y el baño apesta. Abro la ventana oscilobatiente por arriba. Entra menos aire, pero no hay riesgo de que Roque meta la nariz y quiera jugar con el vacío. Abro la ventana y escucho otra vez al niño. Llora sin consuelo, grita, y nadie le responde. Sé que no está solo. Ahora que es de noche, papá y mamá están en casa. Pero el niño no dice papá ni mamá. Solo llora. Grita.

Al fondo de su llanto papá y mamá discuten. Papá más fuerte, pero poco rato. El patio de luces amplifica el drama, pero no distingue cuál es la ventana ni de qué edificio. Una puerta que se abre suena en el descansillo y ya no hay duda. Atisbo por la mirilla y al poco baja un papá joven, con una gorra roja, rezongando y destejiendo ágil los peldaños.

El niño ha dejado de llorar, como si se cansase, y al poco vuelve. Una voz infantil, pero mayor que su llanto, serena e ingenua, dice algo de la cena. Mamá dice que no hay otra cosa. Habla tranquila, no como por la mañana, que a veces dice “jodidamente” y “cojones”. Lo dice enfadada y desde mi ventana del patio de luces, mientras desayuno, las palabras suenan como escupitajos.

Con el mismo tono plano que ha hablado con la niña, la que sabe hablar, le dice por fin al niño que no grite. “No grites”. Y dice su nombre, que no se entiende bien. Al poco calla el niño. La madre no habla más. Se oye entonces la voz de la niña  y es papá el que responde. El padre ha vuelto, pero le dice a la niña que no está. Ella no llora. Es como un juego.

La ventana oscilobatiente sigue abierta, pero en el patio de luces ya no se oye nada. Quizá fue solo una nube negra, un trueno solitario en una noche de verano.

Roque mastica sin miedo una gervera que se seca en el escritorio. Se ha secado porque comenzó a masticarla cuando estaba fresca. El verde es bueno para su estómago, para que los pelos que se lame no se conviertan en bola indigesta.

Mañana volveré a comprar comida buena, de veterinario. Por el bien de su estómago y de mi pituitaria. Aguzo de nuevo el oído, lejos ya de la ventana. Todo es aún silencio.

Pongo música de medianoche –un japonés y su piano– y, sin venir a cuento, pienso en la suerte de mi pobre gato callejero.

Me quedo con Tobias Wolff

23/04/2014

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Hace más de un año que guardo la página de ABC que encabeza esta entrada con ese pósit pegado. «Vida de ese chico» y debajo, «Tobias Wolff, para el cuadernillo». El artículo habla de cómo las expectativas y valoraciones de los mayores llegan a condicionar el desarrollo de los niños, de cómo las etiquetas se acarrean durante décadas igual que losas invisibles y de hasta qué punto lo que pensamos de nosotros mismos y de lo que podemos llegar a ser tiene que ver con lo que nos transmiten los demás. La familia, los mayores, nos ponen trajes pequeñitos y estrechos que muchas veces no nos dejan crecer o que, en el mejor de los casos, no nos permiten cambiar ante sus ojos aunque los años nos vayan transformando, dando la vuelta como un calcetín.
Por eso puse ahí ese pósit, porque Tobias Wolff habla un poco de eso, pero sobre todo, de la necesidad de redimirnos, de ser vistos con una mirada nueva, limpia, que no nos recuerde lo que fuimos, que no vea lo que quizá aún somos, que no perciba lo que queremos dejar de ser.

«En el fondo de mi corazón despreciaba la vida que llevaba en Seattle –dice el adolescente Toby-. Estaba harto de ella y no tenía ni idea de cómo cambiar. Pensaba que en Chinook, lejos de Taylor y Silver, lejos de Marian, lejos de la gente que ya se había formado una opinión de mí, podría ser diferente. Podría presentarme como un chico estudioso y atlético, un chico digno y responsable y, no teniendo ninguna razón para dudar de mí, la gente creería que yo era así y de este modo me permitirían serlo. No reconocía otro obstáculo para un cambio milagroso que la incredulidad de los demás».

Cambiar es mucho más difícil de lo que pedía Toby, pero yo me reconozco en ese ruego cada vez que empiezo un año, un curso o una libreta nueva. Tengo fe ciega en el punto cero, en la blancura de una primera página, en septiembre. Tengo tanta fe que el día que la pierda sé que no podré asumir mis propios borrones. No soy de borrones, soy de gomas de borrar. De paredes blancas. De otoños.
Por eso me gusta tanto ese Toby que con los años y las incredulidades llegó a convertirse en Tobias Wolff, y por eso hoy, que no tengo libro nuevo ni rosa ni nada, he decidido quedarme con él.

 

Emociones fuertes

10/11/2013

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En estos tiempos artificiosos, las cosas auténticas, por raras,  impresionan como los unicornios. Hoy ha sido algo tan sencillo como el reencuentro de cincuenta y cinco trabajadores con sus familias y amigos, a los que, en realidad, no llevaban tanto tiempo sin ver. Una escena contenida y sin dramatismos, y quizá por eso sobrecogedora.

Lo era ya ver ese edificio desconchado y triste como una vieja prisión que alberga desde hace un millón de años la fábrica de armas de A Coruña, pero llegar a esa explanada donde los familiares esperaban y ver asomar detrás del muro, detrás de la tela metálica, a aquellos hombres que mañana cumplen tres semanas de encierro agarrotaba la garganta.

Allí estaban ellos, peleando por ese artículo de lujo decadente que es hoy un puesto de trabajo, sin darle demasiada importancia a eso de coger un micrófono y pasárselo de mano en mano para hablar. Alguno mandaba un saludo a su madre y le decía que no se preocupase, que estaba comiendo bien; otro recordaba que hoy era el cumpleaños de su hija y la felicitaba porque no iba a poder celebrarlo con ella; uno grandote asumía el mote que se había ganado en el encierro, «sauce llorón», y a las pocas palabras se ahogaba en lágrimas; otros callaban, sin más.

Y desde fuera, un adolescente les mandaba ánimos porque su padre, su padrino y tres primos estaban allí encerrados; y una chica les daba las gracias por estar allí; y otra recordaba algo tan básico y desfasado como que en la vida hay que luchar por lo que se quiere, como estaban haciendo ellos.

Y mientras tanto, los ajenos, los profesionales de la comunicación o de la política, o del sindicalismo, los que estábamos allí trabajando, aguantábamos más o menos el tipo. Y más tarde intentábamos no fijarnos demasiado en aquellos niños pequeños a los que un adulto encumbraba hasta la verja metálica para poder mirar de cerca a su padre y tocarle la mano; ni tampoco imaginar que aquel hombre que desaparecía tras el muro justo cuando acababa de saludar a un pequeño quizá estaba sollozando al otro lado, protegido ya de la impresionable mirada infantil.

Y mucho después, transcurrida la comida y buena parte de la tarde, los que estuvimos allí nos seguíamos acordando, y nos reconocíamos blandos y sensibleros por haber tenido que poner a raya nuestras propias lágrimas. Y quien sacaba las fotos confesaba haber pensado en sus niños mientras veía a aquellos otros niños, y quien escribe se acordaba, ahora quizá con envidia, de aquel que desde el interior de los muros decía para tranquilizar a los de afuera: «Nosotros aquí estamos bien. Estamos cincuenta y cinco amigos y nos hacemos compañía. Los que estáis más solos sois vosotros».

Y decía una enorme, incontestable, verdad.

La lata

17/06/2013

Hace casi veinte años cogí una lata pequeña que originalmente contenía una vela de olor a fresa y la llené de papelitos. La lata, que era redonda y con tapa, estaba ilustrada con cerezas sobre un fondo blanco y en ella guardé un montón de tiras de papel con frases o palabras que podrían sugerirme algo sobre lo que escribir. Acabo de abrir un cajón del escritorio y he visto que todavía está allí; tiene las cerezas de la tapa descoloridas y picadas de óxido, como por un pájaro goloso, pero todavía guarda algunos de aquellos papeles que escribí a los dieciocho años. Estoy tentada a sacar uno para ver qué me inspira, pero el solo hecho de que esté aquí, sobre el escritorio, a unos centímetros del teclado, junto a unas manos que han vivido y cambiado tanto desde entonces, desborda cualquier propósito de escritura.

Tocar esa lata con estas manos, la misma lata que tocaron aquellas manos que no habían tocado casi nada, no es otra cosa que conectar con alguien que ya no existe, con una antepasada que estuvo donde yo estuve y vivió cosas que yo viví, pero que ya no soy yo.

Tocar esa lata con estas manos es sentir también un temblor leve, apenas perceptible, un pálpito de reconocimiento y de responsabilidad por lo que era, con sueños, miedos y esperanzas, y lo que estoy siendo ahora. ¿Qué he hecho con lo que fui?

Tocar esa lata es extrañamente (también) sentir que la auténtica es aquella, la chiquilla clavada en el umbral de la vida, la que ahora queda desvelada cuando las capas de los treinta y tantos van cayendo; cuando, oculta de las miradas adultas y ajenas, la armadura cede y el tejido tierno de las vísceras es vulnerable de nuevo.

Los inventados

11/09/2012

He leído, a través de la respuesta de María Xosé Queizán, las palabras con las que Bernardino Graña explica la escasez de mujeres en la Real Academia Galega («Todos desexamos que haxa máis mulleres na Academia, mais ten que ser unha incorporación real. Non as podemos inventar») y me he puesto a pensar. Como tengo una imaginación viva y desordenada, he pensado en esas mujeres a las que les ha pasado lo mismo que a los líderes soviéticos que caían en desgracia: han sido borradas de las fotos como si nunca hubieran existido. Su obra, que un día leyeron y hasta quizá admiraron sus coetáneos, se oculta tras un telón de olvido o, con suerte, ha quedado ensombrecida en favor de otras figuras aledañas, en general masculinas. Me he acordado por eso de la prosa certera, exacta, necesaria, de la argentina Silvina Ocampo (1903-1993), de las historias inocentes y perversas reunidas en La Furia y otros cuentos. Y también me he acordado de que la obra de la pequeña de las Ocampo (su hermana mayor fue Victoria, la brillante fundadora de la revista Sur) apenas se puede comprar hoy en España, salvo la que firma con su marido, Adolfo Bioy Casares, y con su amigo Jorge Luis Borges. Poco importa que sea de lo mejor de la literatura fantástica en castellano. Su marchamo es “descatalogada”.

En mi desorden mental, he saltado a la mexicana Elena Garro (1920-1998), a la que la etiqueta que más le va es la de “escasamente conocida”, al menos a este lado del Atlántico. A ella el crítico Ignacio Echevarría la incluye entre los autores esenciales en español de la segunda mitad del siglo XX y dice que ha escrito «un puñado de novelas extraordinarias», un mérito y una cantidad de la que pueden hacer gala pocos y pocas. ¿Y qué le ha pasado a la Garro para no gozar de más fama? “Quizá”, apunta Echevarría, se lo impidió la «larga mano» de quien fue su marido, el Nobel Octavio Paz, con quien mantuvo una «relación intensa y tumultuosa» que acabó muy mal.

Soltando todavía más hilo, recordé a la pintora Maruja Mallo, el cuarto mosquetero de aquella hermandad surgida en la Residencia de Estudiantes entre Salvador Dalí, Luis Buñuel y Federico García Lorca y a quien nadie después reivindicó; la compañera artística y sentimental de Rafael Alberti en aquellos años, borrada después tercamente por María Teresa León; la vanguardista y transgresora que, tras un fecundo exilio en Sudamérica, acabó sus días en Madrid hecha una vieja estrafalaria que rememoraba su glorioso pasado artístico y vital.

Y con ese deambular de pensamientos tan dispares, de Bernardino a México, de Cangas do Morrazo a las Ocampo, de la León a la Mallo, de la Academia a Queizán, se me ha confundido la mente y, sin venir muy a cuento, me ha brotado una duda: ¿Y por qué no pueden inventarlas? Sí, los académicos, ¿por qué no pueden inventarlas a ellas? Si ellos, que son lingüistas, historiadores, escritores, estudiosos ínclitos y preclaros, no son capaces de verlas, ¿por qué no las inventan? Venga, que lo intenten. Que prueben a inventarlas, por favor.

Pero si al final, después de exprimir el magín con interés sincero, tampoco pueden, ¡que disimulen! Que se vuelvan hacia las intelectuales gallegas y se hagan los sorprendidos. “¡Ah! Es que por este lado no habíamos mirado”, podrían decir con cara de asombro y balbucir una disculpa. ¡Y no pasaría nada! No pasaría nada peor. Y podrían reunirse luego discretamente y enterarse de lo que pasa con las letras y la lengua gallegas y enmendarse, como dicen que tan bien hacen los sabios. Y silbar después mirando al techo.

Pero en mitad de ese vaivén de ideas, en el desconcierto de no saber si ellas son o no son, me ha brotado un miedo cerval, fantasmagórico. Porque… si esos señores no son capaces de sentirlas, si como literatos no pueden siquiera inventarlas y como académicos no disimulan ni tratan de ocultar que ni las miran ni las ven, ¿no será que los inventados son ellos? ¿Que, como en la peli de Amenábar, son ellos los fantasmas, Los Otros, y ellas las que de verdad habitan el mundo real?