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La mística del papel

09/05/2011

El otro día descubrí a una mística. La descubrí y solté una carcajada. Lo hice con todo el respeto, pero no pude sofocar la risa cuando me contó que sus estampitas de santos le sonreían, que miraba fijamente sus caras antes de salir de casa y que, hasta que conseguía de ellas esa sencilla bendición, no se permitía franquear el umbral de la puerta.

-¿Cómo que te sonríen?

-Me sonríen, sí. Ya sé que es raro…

Ella también lo es: rara y terriblemente divertida, así que sumé esa cualidad de mística a la larga lista de excentricidades que hacen de ella una traca de feria, estridente pero casi siempre inofensiva, y lo dejé correr.

Al día siguiente o al otro, comencé a leer una novela recomendada con fervor por una de mis tías: Circe ou o pracer azul, una historia de la viguesa Begoña Caamaño que pone frente a frente a la maga de la Odisea que se enamoró de Ulises y a su fidelísima y muy prudente esposa Penélope, aquella desde su isla de Eea y esta desde la célebre Ítaca. Caamaño recrea y actualiza tan bien esa prosa clásica, que desde el arranque me enganché a su texto, pero enseguida necesité acudir a la versión de Homero, de la que no había leído más que fragmentos, para rastrear cómo Caamaño iba jugando con el mito.

En cuanto pude, llegué a la Fnac, me fui directamente a la edición de bolsillo de Cátedra y, cuando la tuve en la mano, casi me dirigí a la caja. Casi, sí, porque cuando creía superada la tentación de curiosear me detuve un instante ante uno de los expositores. Tomé un libro cuyo título no recuerdo, por inercia más que por interés, lo devolví a su sitio, y cuando ya giraba hacia el pasillo, vi a la altura de los ojos dos ejemplares marrones, uno encima del otro, que me parecieron revistas culturales. Tomé el de arriba con auténtico descuido, como si se tratase de una baratija de mercadillo, y al ponérmelo ante los ojos, se me cayó la soberbia, como diría mi amiga la mística:

Cuaderno de las islas

Cuaderno de las islas, decía aquella portada de Lumen que, si estuviese familiarizada con la colección, sabría que era de poesía. Abrí el libro, que era más que versos, leí una nota por el aire, volví a cerrarlo, noté que alguien me sonreía, lo abrí de nuevo, leí un poco más, sonreí yo como una boba, y caminé a pagarlo con la misma emoción disimulada de quien descubre una veta de oro que inexplicablemente nadie ve.

En la isla, cuando ya todo es isla, incluso las gaviotas son islas voladoras, leí.

Y leí también:

Intensa emoción la que experimentaste al visitar, un día, la Isla de los Ratones (Pontikkonissi). Según la leyenda, allí naufragó Ulises en su regreso a Ítaca, y su barco quedó convertido en piedra por Poseidón.

Decía Ulises, sí.

Y decía además:

Amaba lo contrario de las ideas generales, lo que se oponía a la norma, lo que escapaba a lo ordinario. Es decir, amaba las islas.

Con mi secreto, con mi Odisea, con mi sonrisa, regresé a casa y,de camino, volví a hojear las mismas páginas tratando de disimular la cara de boba.

El Cuaderno de las islas, el cuaderno del isleño Andrés Sánchez Robayna, lo tengo aquí sobre la mesa. A veces lo miro, lo abro, clavo los ojos en sus páginas marfil y espero hasta que pasa algo. Y es raro, pero pasa.  Le devuelvo el gesto. Cierro el libro.

Poco después busco, al abrirlo de nuevo, otra sonrisa al azar.

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2 Comentarios leave one →
  1. 14/07/2011 2:23 pm

    Esta mañana me ha ocurrido casi lo mismo. El título ya te atrapa.

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