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Emociones fuertes

10/11/2013

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En estos tiempos artificiosos, las cosas auténticas, por raras,  impresionan como los unicornios. Hoy ha sido algo tan sencillo como el reencuentro de cincuenta y cinco trabajadores con sus familias y amigos, a los que, en realidad, no llevaban tanto tiempo sin ver. Una escena contenida y sin dramatismos, y quizá por eso sobrecogedora.

Lo era ya ver ese edificio desconchado y triste como una vieja prisión que alberga desde hace un millón de años la fábrica de armas de A Coruña, pero llegar a esa explanada donde los familiares esperaban y ver asomar detrás del muro, detrás de la tela metálica, a aquellos hombres que mañana cumplen tres semanas de encierro agarrotaba la garganta.

Allí estaban ellos, peleando por ese artículo de lujo decadente que es hoy un puesto de trabajo, sin darle demasiada importancia a eso de coger un micrófono y pasárselo de mano en mano para hablar. Alguno mandaba un saludo a su madre y le decía que no se preocupase, que estaba comiendo bien; otro recordaba que hoy era el cumpleaños de su hija y la felicitaba porque no iba a poder celebrarlo con ella; uno grandote asumía el mote que se había ganado en el encierro, «sauce llorón», y a las pocas palabras se ahogaba en lágrimas; otros callaban, sin más.

Y desde fuera, un adolescente les mandaba ánimos porque su padre, su padrino y tres primos estaban allí encerrados; y una chica les daba las gracias por estar allí; y otra recordaba algo tan básico y desfasado como que en la vida hay que luchar por lo que se quiere, como estaban haciendo ellos.

Y mientras tanto, los ajenos, los profesionales de la comunicación o de la política, o del sindicalismo, los que estábamos allí trabajando, aguantábamos más o menos el tipo. Y más tarde intentábamos no fijarnos demasiado en aquellos niños pequeños a los que un adulto encumbraba hasta la verja metálica para poder mirar de cerca a su padre y tocarle la mano; ni tampoco imaginar que aquel hombre que desaparecía tras el muro justo cuando acababa de saludar a un pequeño quizá estaba sollozando al otro lado, protegido ya de la impresionable mirada infantil.

Y mucho después, transcurrida la comida y buena parte de la tarde, los que estuvimos allí nos seguíamos acordando, y nos reconocíamos blandos y sensibleros por haber tenido que poner a raya nuestras propias lágrimas. Y quien sacaba las fotos confesaba haber pensado en sus niños mientras veía a aquellos otros niños, y quien escribe se acordaba, ahora quizá con envidia, de aquel que desde el interior de los muros decía para tranquilizar a los de afuera: «Nosotros aquí estamos bien. Estamos cincuenta y cinco amigos y nos hacemos compañía. Los que estáis más solos sois vosotros».

Y decía una enorme, incontestable, verdad.

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