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París no es una fiesta

05/08/2012

Juan Carlos Botero, escritor y articulista colombiano, dice hablando de París y de los parisinos que la manera de saber si una persona extranjera se ha incorporado a la vida de la ciudad es su gusto por las palomas: si todavía las encuentra hermosas y pintorescas es que aún no se ha vuelto parisino, que es ese ser que las detestas.

Yo, después de haberme paseado por París, concluyo que los parisinos odian las palomas porque aman a los cuervos. Y les admiro el gusto. Pasear por el cementerio de Montparnasse en busca de la tumba de Julio Cortázar y escuchar el graznido agudo y negro de los cuervos es puro Romanticismo, pero más llamativo aun es caminar por los jardines de las Tullerías o por el Campo de Marte y verlos domesticados avanzando a saltitos sobre el césped: decenas de sombras de pájaros —que vuelan quizá demasiado alto— proyectadas sobre la hierba.

Como Botero, otro buen puñado de escritores de América Latina plasman sus impresiones sobre París en el libro El país de las palabras, donde las viviencias de cada uno de ellos se ilustran con sendos retratos realizados por el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski.

Los setenta y tantos autores —que me acompañaron antes, durante y después de París— hablan de cafés, de amistad, de parques, del encuentro con una ciudad tantas veces visitada en los libros, de pan y de agua, de besos, puentes y amores, de crisis… Pese a traerme yo también todas esas cosas y muchas más en los ojos, mis historias preferidas son dos que se escapan del lugar común y hablan de un león y de la miseria de vivir en París. La primera es de ese señor encantador llamado Juan Gelman, quien dedica un poema al «viejo león del zoo», con el que tomaba café en el Bois de Boulonge mientras el animal le hablaba de su vida en África. «…me encantaba su elegancia/ su manera de encogerse de hombros/ ante las pequeñeces de la vida», cuenta Gelman deliciosamente, aunque reconoce que su compañero nunca pagaba la consumición.

Lo extraño mucho verdaderamente,
sus ojos se llenaban a veces de desierto,
pero sabía callar como un hermano
cuando, emocionado,
yo le hablaba de Carlitos Gardel.

El otro texto es el de Gabriel García Márquez y está extraído de una entrevista en la que el Nobel colombiano habla de sus «hambres viejas», de «toda la grosería y mezquindad de los franceses», pese a las cuales conserva una imagen fugaz de París que le ha compensado por tanta miseria.

Había sido una noche muy larga, pues no tuve dónde dormir, y me la pasé cabeceando en los escaños, calentándome en el calor providencial de las parrillas del metro, eludiendo los policías que me cargaban a golpes porque me confundían con un argelino. De pronto, al amanecer, tuve la impresión de que todo rastro de vida había terminado, se acabó el olor de coliflores hervidas, el Sena se detuvo, y yo era el único superviviente entre la niebla luminosa de un martes de otoño en una ciudad desocupada. Entonces ocurrió: cuando atravesaba el puente Saint-Michel sentí los pasos de alguien que se acercaba en sentido contrario, sentí que era un hombre, vislumbré entre la niebla la chaqueta oscura, las manos en los bolsillos, el cabello acabado de peinar, y en el instante que nos cruzamos en el puente vi su rostro óseo y pálido por una fracción de segundo: iba llorando.

No sé si es que me hago mayor y trágica, si es que tengo demasiado reciente la lectura de De Profundis —esa carta arrebatada y dolorosa que Oscar Wilde le escribió a su amante desde la cárcel— o ambas cosas. En cualquier caso, cada día me ronda más en la cabeza esa idea de que si hay algo netamente humano es el sufrimiento y su capacidad para generar empatía. Somos humanos porque sufrimos y porque nos reconocemos en el que sufre. Y cuando eso no es así, malo. Malísimo.

Y esta oscura reflexión —aunque no lo parezca— venía a cuento de París que, como se ve y contradiciendo a Hemingway, no es una fiesta. No lo es quizá porque sus palomas preferidas son cuervos. O porque en nuestras pupilas cegadas por toda su luz, su Sena, su Louvre,  acabamos viéndonos reflejados en esas míseras lágrimas que quizá todavía recuerde  —o quizá ya no— aquel indeseable inmigrante que fue García Márquez.

As minhas meninas

27/06/2012

Ayer el blog La Buena Prensa, de Miguel Ángel Jimeno, publicaba una entrada sobre el reportaje Filho da rúa, el seguimiento que la revista brasileña Zero Hora hizo a un menino da rúa durante tres años. Al primer vistazo me vino el recuerdo de las dos meninas que yo conocí a finales de los noventa y al texto que escribí entonces, que reproduzco con errores y con todo el candor periodístico de mis veinte años:

Juliana no sabe cuántos años tiene, aunque diga que tiene trece. No sabe cuál es su nombre, aunque la llamen Juliana. Es Juliana A. R., aunque no sea cierto. Cuando se vive en la calle y los registros civiles desaparecen, se inventan otros nuevos. Juliana sólo sabe con certeza que es negra. Y, en apariencia, parece siempre feliz.
Cuando sale por la puerta de cristal de SOS Criança, en el barrio paulista del Brás, sus ropas negras casi brillan. Nada que ver con los colores de las paredes, que son rojos, verdes y amarillos, pero están desvaídos. Y la pintura se desprende de las esquinas y hasta los dibujos de niños risueños parecen tristes.
Ahora tiene clase de baile, de dança de rua, con música rap. Se sienta en el escalón de la puerta del centro y espera a su profesor. Me siento a su lado.
-¿Tú ya has estado en Estados Unidos?
-No.
-Mi sueño es ir a Estados Unidos y conocer a Whitney Houston- Juliana tiene otro sueño, pero todavía no lo cuenta- Tengo la misma voz que ella, ¿sabes? Pero primero tengo que aprender bien inglés.
Juliana acaba de salir de su clase de inglés. En SOS Criança los niños ganan su dinero así: van a sus clases -de inglés, de informática, de peluquería…- y por ello reciben unos puntos -crédito legal, se llama- con los que pueden hacer sus compras en el shopping del centro. El dinero así deja de relacionarse con la limosna.
Juliana lleva una boina negra que oculta una espesa mata de pelo negro y muy rizado y sólo deja ver el cabello cortísimo de la nuca. Tiene dos cruces, una en cada oreja, y varios cordones negros alrededor del cuello. Es una niña curiosa y preguntona.
-¿Tienes dinero de España?
Le regalo dos monedas: una dorada, con un agujero en el medio, y una plateada, con la cara del Rey de España.
-¿Está muerto?
-No, está vivo.
-¿Fue él el que inventó la moneda?
Entonces sus compañeras, que se han ido parando también en la puerta, sueltan un “¡Ahhh, Juliana!” resignado. Pero Juliana parece no oírlas. Y continúa.
-¿Y qué hora es en España?
-Cinco horas más que aquí.
-¿Y cuando allí se hace de noche tú tienes sueño?
El coro repite la exclamación.
Una chica rubia con un mechón verde sobre la cara quiere probar mi tabaco. Enciende un cigarrillo y luego se lo pasa a Juliana. Ella le da una calada y me lo devuelve.
-No te preocupes, no tengo AIDS -se ríe mirando las caras a su alrededor- ni herpes.
Juliana ahora sólo fuma tabaco y, de vez en cuando, marihuana. Pero marihuana sólo cuando está contenta y encuentra a algunos colegas fumando en la calle. Cuando está triste no fuma nada. Ya no esnifa cola; dice que lo dejó hace tres años. Otra chica del grupo explica que la cola no sólo se consume por vicio. “Muchas veces los niños esnifan porque la cola nutre, no se siente hambre”.
Una furgoneta blanca se detiene frente a nosotras. Baja un chico alto y delgado, negro, con un bigote muy fino que se convierte en perilla y le rodea la boca. Es el profesor de baile. Juliana quiere que vaya con ella, pero no puede ser. De todos modos, quiere llevarme a la casa donde vive.
-Espérame aquí. A las tres yo vuelvo y te llevo.

Poco antes de las cuatro, las paredes rosadas de SOS Criança reciben golpes directos del sol. Se acerca una niña por la calle, pero no es Juliana.
Como el día, la niña lleva también un sol. Lo lleva en el centro del cuerpo, sobre el fondo blanco de una camiseta, además de unas bermudas de camuflaje y una camisa vaquera, con un desgarro pequeño en la espalda. La niña se detiene junto a la puerta. Se pone a hablar como si le sobrase el tiempo.
Se llama Rosángela S. S. y tiene trece años. Lo sabe con certeza. Aunque ahora está en la calle, ya vivió durante once años con sus padres, hasta que su madre murió. Tenía treinta años, pero Rosángela no lo dice así. Ella dice que este año cumpliría treinta y dos. Pero no quiere hablar de la causa. Ante la pregunta, se queda callada, con la vista baja y la cabeza un poco ladeada. Le digo que no tiene por qué contestar. Entonces levanta la cabeza y sonríe. Una de sus pocas sonrisas.
Rosángela todavía se droga con cola.
-¿Es por hambre?
-No, es para olvidar a mi padre.
Las palabras se quedan en el aire, un momento. Quizá sea porque Rosángela habla así, estirando la última palabra de cada frase, y baja la cabeza y la ladea como un gato mimoso.
-Él me traicionó, no cumplió su promesa de no darme una madrastra… por lo menos hasta que fuese mayor.
-Quizá él no tiene la culpa…
-La culpa la tiene Dios, que quiso que mi madre muriera. Y mi padre tiene la culpa por casarse con otra.
El padre de Rosángela trabaja en el banco Itaú. Tiene una casa y una finca, pero ella no quiere nada de eso si tiene que vivir con “esa mujer”. Piensa que su padre ya no la quiere como antes. La última vez que lo vio él estaba en la puerta de SOS Criança. Ella lo reconoció desde lejos y se escapó. Sólo volvería a casa si él se divorciara, dice.
Mientras espera vive en la calle, de la limosna. Durante un tiempo estuvo en una casa de abrigo, pero se escapó porque no le gustaba la gente que lo llevaba; eran monjas. Ahora duerme en un albergue de la Prefeitura, en la calle Gasómetro, donde abundan los tiroteos y la droga; un lugar sórdido. Quiere salir de allí y volver a un abrigo, aunque sea de monjas.
A Rosángela le encanta hacer teatro y de mayor quiere ser jueza. También quiere que los demás piensen que es una niña fuerte; por eso cuando llora, llora sola.
Me acompaña a la estación de Brás. Cuando nos despedimos, le señalo mi mejilla para que me dé un beso y Rosángela sonríe de nuevo.

Quizá Rosángela acabe en la casa de abrigo de Tatuapé, donde vive Juliana. Es una casa bonita a pesar de su abandono. Después de la verja oxidada y gris, el suelo se vuelve color teja hasta la entrada. La fachada de la casa es blanca y el arco que da paso al porche es azul pálido, como la ventana de arriba: los postigos están abiertos y el aire entra sin permiso por los huecos cuadrados que han perdido el cristal.
La puerta no tiene timbre; hay que golpear con los nudillos. Desde dentro llega un tintineo de llaves. Abre la puerta un chico alto y comienzan a aparecer cabezas por toda la sala. Parecen una tribu que examina al extranjero. Algunos niños están tumbados o sentados en el suelo; otros, recostados en los sofás. Todos cautivados, hasta ese momento, por el televisor.
Juliana se levanta al verme y tardo unos segundos en reconocerla. El pelo que la boina ocultaba el día anterior está ahora libre y voluminoso. No lleva ropa negra, sino una camiseta blanca como de andar por casa. Parece más niña así.
Me lleva a una esquina, hacia el interior de la casa, y me enseña su colgante nuevo: la moneda dorada y española con el agujero en el centro. Después de atravesar la cocina, más allá del pequeño patio interior, hay un despacho viejo y descuidado, como el resto de la casa. Allí está la educadora de guardia, que da permiso para que Juliana y yo charlemos un rato.
Arriba, al final de unas escaleras de madera, hay un cuarto de baño pequeño y dos dormitorios. En el de Juliana hay tres literas y su cama está junto a la ventana de postigos azules. La pintura de las paredes está levantada en las esquinas; en el suelo faltan algunas losetas.
-Ayer casi lloro cuando el profesor de baile me dijo que no podía ir a buscarte.
Juliana no es la misma del día anterior; ya no hay bromas ni preguntas encadenadas. Ya no parece siempre feliz.
-Juliana es un nombre bonito -dice- a mí me gusta, pero… yo quería saber mi nombre de verdad, el que me puso mi madre.
Los recuerdos más antiguos de Juliana vienen de la calle: las limosnas, la droga, los robos… Sus padres la abandonaron allí con sus dos hermanos. Ella sabe que es la mayor, aunque su hermano tenga también trece años.
-Yo creo que tengo más de trece, pero prefiero dejarlo así. Tengo miedo de decir que tengo más, porque me mandarían a otro abrigo, con gente mayor.
Cuando tenía más o menos dos años, Juliana volvió a nacer. Sus papeles se habían perdido y le hicieron unos nuevos: allí registraron una edad, un nombre y unos apellidos que no eran los suyos.
Los postigos azules siguen abiertos. Arriba no hay cenicero y la ceniza cae al suelo. Las colillas salen volando por la ventana.
Frente a la cama de Juliana hay un armario metálico cerrado con un candado. Juliana va a buscar la llave. Cuando abre las puertas, aparece el rostro de Whitney Houston en la carátula de un disco, la banda sonora de El guardaespaldas. Whitney Houston es su sueño; uno de los dos. El otro, más grande todavía, es conocer a su madre. Los dos sueños se le mezclan a veces y Juliana sufre.
-Cada vez que veo El guardaespaldas lloro. Siempre acabo pensando que quizá Whitney Houston sea mi madre -dice- Me parezco un poco a ella y tenemos la misma voz…
Pero Juliana no necesita que Withney Houston sea su madre. Sólo quiere que su madre exista; sólo quiere conocerla.
-Cuando pienso en ella me siento sola. A veces pienso en cómo pudo abandonarme así… Pero si mi madre viniera a buscarme, yo me iría con ella y tendríamos una casa y viviríamos las dos juntas.
Los hermanos de Juliana ya se han olvidado un poco de todo eso. Ellos fueron adoptados; ya tienen una familia. Juliana estuvo viviendo un tiempo con uno de ellos, pero era demasiado rebelde y los padres adoptivos decidieron devolverla al abrigo por un tiempo para ver si le venía el juicio.
-Yo creo que ya tengo juicio.
-¿Se lo has dicho a ellos?
Se para un momento.
-Tengo miedo de que no me quieran.
La educadora del abrigo anuncia que ya se ha acabado la visita. Salimos al porche azul y blanco para despedirnos; pero antes, una foto. Juliana se coloca muy seria y posa como una modelo, pero cuando le paso el brazo por la espalda me abraza fuerte y pega su cara a la mía.

Al día siguiente, por la noche, Rosángela va dejando sus frases colgadas por la línea del teléfono.
-¡Tía! ¿Te acuerdas que hoy tenía que hablar con el juez? Pues me ha dicho que en menos de un mes estoy en una casa de abrigo -se la oye feliz- Y voy a volver a hacer teatro.
-¿Y vas a andar por la calle?
-No.
-¿Y la cola?
-Se acabó. Ahora voy a hacer todo di-rei-tinho.
-Entonces, un beso.
-Otro.

(São Paulo, octubre de 1998)

P.D. A Rosángela la descubrí ayer en Facebook tras varios rastreos infructuosos en los últimos años. Sus fotos y las de su preciosa hija me hacen pensar que efectivamente ha hecho buena parte de su camino así: di-reit-tinho.

Escribir, ¿para quién?

27/12/2011

Escribir para nadie da una gran tranquilidad. Y no es igual, por ejemplo, que escribir para una misma. Cuando escribes para ti misma, escribes para alguien. Para alguien muy particular. Y omites, insinúas o exageras sabiendo que el lector, o sea, tú, sabrá poner las cosas en su sitio. Sabrá entender. Mejor incluso que tú misma cuando escribes.

Escribir para nadie no tiene que ver con eso. Podría decirse incluso que es todo lo contrario. Escribir para nadie es como escribir para todo el mundo. Y escribir para todo el mundo supone renunciar a complacer a una audiencia determinada, por pequeña o grande que sea, y olvidarse de todas las demás.

Si escribes para alguien, si tienes eso que los de marketing llaman target, diseñarás tu producto a la medida del público y satisfacer su expectativa será tu objetivo. Si, en cambio, escribes para todo el mundo, o sea, para nadie en particular, olvídalo. Ni siquiera la lluvia, magnífica, magnánima; ni siquiera el sol, vitamina esencial, han sido capaces de contentar a todos. Y recordar eso da una gran tranquilidad.

Cuando escribas para nadie sentirás la ausencia enorme de un cómplice que modere tus exageraciones, que comprenda tus omisiones, que disculpe tu discurso cuando se vuelva cansino.

Cuando escribas para nadie, sentirás la falta dolorosa de público, la confusión de quien no tiene expectativa que cumplir ni sensibilidades que complacer.

Cuando escribas para nadie habrás logrado, con gran tranquilidad, el objetivo.

Cunqueiro, o xornalista mago

13/12/2011

Cunqueiro chegou ao xornalismo para o mesmo que Xesús á terra: para redimirnos. Para redimirnos a nós, pobres xornalistas, sufrindo o que nós sufrimos. E se Xesús puido ser home porque era Deus, Cunqueiro soportou ser xornalista porque era mago, como o propio Merlín ben podería testemuñar.

Era tan mago Cunqueiro, tan xornalista, que con oito anos xa facía feitizos coas noticias que lles lía aos clientes da barbería do Pallarego e, á letra impresa, engadíalle el da súa propia colleita os detalles que sabía lles ían gustar aos parroquianos. De ler as noticias de outros en Mondoñedo pasou a escribir as súas propias en Lugo, onde non podía debutar cun accidente de circulación ou co asfaltado dunha rúa, como tantos de nós. Cunqueiro estaba xa máis alá da terra, do mar e das nubes e o primeiro que contou como reporteiro para o xornal do instituto foi nada menos que un eclipse, nunha época na que a redacción «de vivos» a formaban el e Ánxel Fole e a «de mortos, Platón, Dante e Cervantes», segundo o propio Cunqueiro recordaba.

E se traballar así era maxia máis o foi dirixir durante cinco anos «Faro de Vigo» mentres proclamaba a incompatibilidade entre o xornalismo e a literatura, como tantos de nós, por outra banda, proclamamos tantas veces a incompatibilidade do xornalismo coa propia vida, é dicir, cos amigos, coas ceas, coas parellas, cos fillos… «Os anos que estiven dirixindo Faro de Vigo -lamentaba Cunqueiro- foron para min, como escritor, anos perdidos. Eu escribía todos os días un artigo, pero neses anos non escribín un só libro».

Mais os trasnos sicilianos, as pulgas húngaras e os imperios secretos que non chegaron ao prelo, atoparon acubillo eses anos no xirar da rotativa, que facía a Cunqueiro laiarse, si, a causa das noites estériles, pero tamén apaixonarse por ese baile na corda frouxa que foi sempre pechar o periódico do día. «A min o xornalismo gustoume sempre moito e ségueme gustando -contoulle nunha entrevista a Perfecto Conde- Gustáronme moito as horas de improvisación, a rapidez do traballo, o comentario do día, esa présa, esa sensación de présa xornalística que eu mesmo teño respecto a min mesmo. Eu estou sempre un pouco inquedo, desexando rematar o que estou a facer e marchar».

A présa xornalística de Cunqueiro non podía ser, porén, como a do resto dos seus colegas que foron, somos e serán. A présa de Cunqueiro era máxica, coma el, e en lugar das primicias prefería as noticias atrasadas. «¿Que prensa faría eu? -preguntábase nos seus últimos anos- Probablemente daría as noticias con seis meses de atraso». E o que podería parecer cousa do mundo ao revés, era en verdade ollo visionario, porque o que profetizaba Cunqueiro entón é o maremoto informativo que hoxe nos afoga. «A instantaneidade das comunicacións (…) constitúe un conxunto informativo sen dúbida superior ao que pode soportar a alma humana», dicía o xornalista, quen alertaba da «desinformación» e a a «insensibilidade» que acababa provocando. E despois o mago apostilaba: «A instantaneidade é demoniaca; o demo non é ubicuo, que é instantáneo».

Quizais esa mesma prevención contra o instantáneo foi a que lle fixo desexar unha morte lenta e consciente: «Se a algo lle teño medo é a unha morte súbita. Prefiro unha longa enfermidade». Porque o escritor, o mago, foi tamén ata o último momento xornalista e o que quería, no fondo, era o mesmo que queremos nós: saber. «Morrer sen poder decir adeus é algo tremendo. Morrer sen cambiar unhas palabras cos deudos, sen saber o que trouxo o periódico ese día…».

Sueños criminales

10/11/2011

Desde hace ocho años largos solo fumo en sueños. Y me va francamente bien: no toso, no huelo mal, tengo un gusto y un olfato excelentes y, lo que es mejor, fumo solo cuando quiero, una libertad de la que nunca gocé cuando fumaba despierta. Me pasa casi lo mismo que a la protagonista de un cuento que leí el otro día en La nave de los locos, pero sin mal aliento.

Bien es cierto que al principio me remordía la conciencia, y lo hacía a traición: yo encendía un cigarrito, aspiraba con deleite y, al instante, como si me curase de una amnesia, recordaba que yo ya no fumaba. La angustia que me entraba entonces me duraba hasta el despertar.

Pero acabó pasando, como todo, y lo hizo casi al mismo tiempo que la angustia que sentía al ser infiel. Infiel en sueños, se entiende. Se me fueron las dos cuando comprendí que si de pensamiento no se peca, como conté un día que defendía Buñuel, menos aún se puede pecar en sueños, con la voluntad atada de pies y manos.

Desde que me curé del remordimiento, duermo a pierna suelta y sueño a placer. Soñar con cosas que no me permito cuando estoy despierta ha resultado un ejercicio sanísimo que ahora quiero extender, si me lo concede el subconsciente, a delitos algo más graves, como matar o robar. Es, al fin y al cabo, lo mismo que he encontrado leyendo, pero en realidad virtual, digamos. ¿Qué es la literatura si no? ¿Qué son Crimen y castigo o Extraños en un tren? Pues cometer crímenes atroces desde una confortable butaca.

Por no hablar del tan honrado oficio de escribir. Con una imaginación viva y un poco de talento se puede cometer cualquier pecado. Y no hay cura que pueda negarte la comunión. ¡Es ficción, por Dios!, le dirás.

Así que a mí que me dejen probar dormida: un pitillito, una tórrida aventura, un atraco a mano armada, una inesperada puñalada trapera…

Y mientras espero que lleguen tan oscuros sueños, que me dejen en la mesilla El halcón maltés, Madame Bovary, A sangre fría, Del asesinato considerado como una de las bellas artes

Y, por favor, que no molesten.

Al filo del fracaso

26/10/2011

El otro día entrevisté al pintor arousano Xaquín Chaves. Era mi primera entrevista en mucho tiempo y fue como volver a casa. Pero eso da igual ahora. El caso es que Chaves resultó ser un artista con mirada de largo alcance, creador ambicioso y humilde: una mezcla mágica. En la media hora larga que charlamos, me contó bastantes cosas sobre pintura y sobre el oficio de crear que me han ayudado a desatrofiar un poco mis sentidos. De todas sus respuestas, mi favorita es esta, que él aplica a la creación y yo a otro montón de cosas en la vida:

A creación só a entendo dende a posición de aceptar que tes que correr certos riscos. Un pintor, se é consciente, está sempre así: ao borde do fracaso. No traballo creativo hai doses moi grandes de reflexión sobre o fracaso: sentes esa cercanía do todo e ás veces te encontras con nada, con que estás moi lonxe. É un proceso a longo prazo e unha vida prácticamente non che dá…

Aquí queda la entrevista.

La gramática del silencio

25/08/2011

Algunas noticias deberían contarse con silencios, no con palabras. El silencio, el vacío, la página en blanco tendrían que ser los más elocuentes comentarios para ciertas cosas que pasan. Pero como los medios de comunicación, al contrario que la literatura, el cine o la escultura, no han sabido introducir el silencio, el vacío o el blanco en su gramática, aquellas noticias que piden a gritos silencio se siguen escribiendo con palabras. Con demasiadas palabras.

Las cosas son así, lo sé, pero sólo hasta que alguien decide cambiarlas y quizá podríamos ponernos ya a trabajar en esa nueva gramática. Podríamos empezar, por ejemplo, por idear nuevas páginas de periódico donde, además del hueco para el titular, para la foto o para la publicidad, hubiese también un espacio, variable según la entidad del suceso, reservado para no poner nada. De ese modo, podríamos publicar una gran portada de silencio cuando se produzca un suceso sobrecogedor, insólito, dramático hasta lo inhumano. Ya imagino el titular, escueto, con la información exacta de lo que ha ocurrido, y quizá un subtítulo para completar alguna de las claves clásicas de la noticia; y, justo debajo, un rectángulo en blanco que dé la medida de nuestro estupor. Así podríamos contar que un abuelo, por ejemplo, ha matado a golpes a sus dos nietas de seis y siete años, y no usaríamos más que veinte o treinta palabras y diez centímetros cuadrados de papel en blanco. Y al día siguiente, cuando no tuviésemos más que diez o quince palabras nuevas que contar, o ninguna, y nuestro estupor siguiese siendo enorme, publicaríamos una plana completa, o dos, y el interés informativo estaría plasmado de nuevo en un papel en blanco coronado por una sola frase. Y así hasta que la noticia se agotase con el paso de los días.

Sería raro, sobre todo al principio, ver esas páginas de fragmentos inmaculados. Sería raro, lo sé. Pero quizá a partir de entonces medios, periodistas y lectores no querríamos usar en algunos casos más gramática que la del silencio.