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Patio de luces

17/07/2014

He vuelto a la comida barata, a la del súper, y Roque no para de cagar en todo el día. Acaba de hacerlo otra vez, en abundancia, y el baño apesta. Abro la ventana oscilobatiente por arriba. Entra menos aire, pero no hay riesgo de que Roque meta la nariz y quiera jugar con el vacío. Abro la ventana y escucho otra vez al niño. Llora sin consuelo, grita, y nadie le responde. Sé que no está solo. Ahora que es de noche, papá y mamá están en casa. Pero el niño no dice papá ni mamá. Solo llora. Grita.

Al fondo de su llanto papá y mamá discuten. Papá más fuerte, pero poco rato. El patio de luces amplifica el drama, pero no distingue cuál es la ventana ni de qué edificio. Una puerta que se abre suena en el descansillo y ya no hay duda. Atisbo por la mirilla y al poco baja un papá joven, con una gorra roja, rezongando y destejiendo ágil los peldaños.

El niño ha dejado de llorar, como si se cansase, y al poco vuelve. Una voz infantil, pero mayor que su llanto, serena e ingenua, dice algo de la cena. Mamá dice que no hay otra cosa. Habla tranquila, no como por la mañana, que a veces dice “jodidamente” y “cojones”. Lo dice enfadada y desde mi ventana del patio de luces, mientras desayuno, las palabras suenan como escupitajos.

Con el mismo tono plano que ha hablado con la niña, la que sabe hablar, le dice por fin al niño que no grite. “No grites”. Y dice su nombre, que no se entiende bien. Al poco calla el niño. La madre no habla más. Se oye entonces la voz de la niña  y es papá el que responde. El padre ha vuelto, pero le dice a la niña que no está. Ella no llora. Es como un juego.

La ventana oscilobatiente sigue abierta, pero en el patio de luces ya no se oye nada. Quizá fue solo una nube negra, un trueno solitario en una noche de verano.

Roque mastica sin miedo una gervera que se seca en el escritorio. Se ha secado porque comenzó a masticarla cuando estaba fresca. El verde es bueno para su estómago, para que los pelos que se lame no se conviertan en bola indigesta.

Mañana volveré a comprar comida buena, de veterinario. Por el bien de su estómago y de mi pituitaria. Aguzo de nuevo el oído, lejos ya de la ventana. Todo es aún silencio.

Pongo música de medianoche –un japonés y su piano– y, sin venir a cuento, pienso en la suerte de mi pobre gato callejero.

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