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París no es una fiesta

05/08/2012

Juan Carlos Botero, escritor y articulista colombiano, dice hablando de París y de los parisinos que la manera de saber si una persona extranjera se ha incorporado a la vida de la ciudad es su gusto por las palomas: si todavía las encuentra hermosas y pintorescas es que aún no se ha vuelto parisino, que es ese ser que las detestas.

Yo, después de haberme paseado por París, concluyo que los parisinos odian las palomas porque aman a los cuervos. Y les admiro el gusto. Pasear por el cementerio de Montparnasse en busca de la tumba de Julio Cortázar y escuchar el graznido agudo y negro de los cuervos es puro Romanticismo, pero más llamativo aun es caminar por los jardines de las Tullerías o por el Campo de Marte y verlos domesticados avanzando a saltitos sobre el césped: decenas de sombras de pájaros —que vuelan quizá demasiado alto— proyectadas sobre la hierba.

Como Botero, otro buen puñado de escritores de América Latina plasman sus impresiones sobre París en el libro El país de las palabras, donde las viviencias de cada uno de ellos se ilustran con sendos retratos realizados por el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski.

Los setenta y tantos autores —que me acompañaron antes, durante y después de París— hablan de cafés, de amistad, de parques, del encuentro con una ciudad tantas veces visitada en los libros, de pan y de agua, de besos, puentes y amores, de crisis… Pese a traerme yo también todas esas cosas y muchas más en los ojos, mis historias preferidas son dos que se escapan del lugar común y hablan de un león y de la miseria de vivir en París. La primera es de ese señor encantador llamado Juan Gelman, quien dedica un poema al «viejo león del zoo», con el que tomaba café en el Bois de Boulonge mientras el animal le hablaba de su vida en África. «…me encantaba su elegancia/ su manera de encogerse de hombros/ ante las pequeñeces de la vida», cuenta Gelman deliciosamente, aunque reconoce que su compañero nunca pagaba la consumición.

Lo extraño mucho verdaderamente,
sus ojos se llenaban a veces de desierto,
pero sabía callar como un hermano
cuando, emocionado,
yo le hablaba de Carlitos Gardel.

El otro texto es el de Gabriel García Márquez y está extraído de una entrevista en la que el Nobel colombiano habla de sus «hambres viejas», de «toda la grosería y mezquindad de los franceses», pese a las cuales conserva una imagen fugaz de París que le ha compensado por tanta miseria.

Había sido una noche muy larga, pues no tuve dónde dormir, y me la pasé cabeceando en los escaños, calentándome en el calor providencial de las parrillas del metro, eludiendo los policías que me cargaban a golpes porque me confundían con un argelino. De pronto, al amanecer, tuve la impresión de que todo rastro de vida había terminado, se acabó el olor de coliflores hervidas, el Sena se detuvo, y yo era el único superviviente entre la niebla luminosa de un martes de otoño en una ciudad desocupada. Entonces ocurrió: cuando atravesaba el puente Saint-Michel sentí los pasos de alguien que se acercaba en sentido contrario, sentí que era un hombre, vislumbré entre la niebla la chaqueta oscura, las manos en los bolsillos, el cabello acabado de peinar, y en el instante que nos cruzamos en el puente vi su rostro óseo y pálido por una fracción de segundo: iba llorando.

No sé si es que me hago mayor y trágica, si es que tengo demasiado reciente la lectura de De Profundis —esa carta arrebatada y dolorosa que Oscar Wilde le escribió a su amante desde la cárcel— o ambas cosas. En cualquier caso, cada día me ronda más en la cabeza esa idea de que si hay algo netamente humano es el sufrimiento y su capacidad para generar empatía. Somos humanos porque sufrimos y porque nos reconocemos en el que sufre. Y cuando eso no es así, malo. Malísimo.

Y esta oscura reflexión —aunque no lo parezca— venía a cuento de París que, como se ve y contradiciendo a Hemingway, no es una fiesta. No lo es quizá porque sus palomas preferidas son cuervos. O porque en nuestras pupilas cegadas por toda su luz, su Sena, su Louvre,  acabamos viéndonos reflejados en esas míseras lágrimas que quizá todavía recuerde  —o quizá ya no— aquel indeseable inmigrante que fue García Márquez.

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